jueves, 14 de junio de 2012

Espejos

La única manera que tenia de ingresar al vestíbulo, era matando al hombre que aguardaba intrusos aquella noche de abril. Los árboles hablaban y sus hojas meneaban con calidad. Usando aquello como distracción, se filtro como una serpiente por detrás del sujeto morrudo. Mientras apretaba la soga para acabar con él, pudo distinguir las voces del interior que iban y venían. Que gritaban, charlaban y reían. Y que, sutilmente, se perdían en los vientos primaverales.
Una vez adentro, identificó con facilidad las puertas que le rodeaban: El Gran Salón (donde estaban los invitados aguardando); la biblioteca a su derecha; una pequeña puerta a su izquierda y junto a ella, las escaleras. Sabía que el anfitrión no había bajado y que esas personas gritaban, algunas por impaciencia, y otras por el simple hecho de tener la lengua amarga.
38 escalones de alfombra roja, y un barandal de madera tallado muy bonito, que acababan en un pasillo muy largo con una única puerta al final. El pasillo estaba decorado con espejos enfrentados en las paredes laterales.Decidido, avanzó sigilosamente por aquel pasaje en el que se veía reflejado siempre que se adelantaba. Sus pasos eran ligeros y veloces, pues desconocía cuanto tiempo tendría allí dentro. Una vez que tocó el picaporte, alcanzó a oír dentro un hombre que lloraba y cubría este sollozo.
Abrió repentinamente con el revólver en la mano. Miró fijo al hombre, pero éste, que estaba sentado de espaldas a su escritorio, pero de frente a un ventanal, del que se veían las personas del Gran Salón, no se dio por aludido.
Aturdido, bajó el arma y preguntó.
-¿Por que llorás?
El hombre sacó sus manos de la cara, volteó y se paró lentamente, y con los ojos mojados dijo.
-Tranquilo. Es hora de despertar- Era su doble exacto.

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