El gran auto negro recorría las grises calles del centro. Era una noche como de sueños.
-Te lo digo en serio, nunca había visto una chica así-dijo el conductor riendo -era como de un sueño, pero ya basta de ella. No llamará.
Eran altas horas y ya nadie pisaba aquellas calles. Pocas caras visibles, algún que otro bulto de jóvenes hablando por ahí y ningún auto. La policía, cada tanto.
Solos, aquellas dos personas en el automóvil, uno charlaba, otro escuchaba. Pero David no se engañaba. Sabía que la tan buena relación que estaba entablando ahí, sería de una sola noche nomas. Como con todos. Y eso le dolía un poco.
-Acá dice que tu nombre es Lisandro.- dijo David mientras conducía- Bueno Lisan, espero que esta noche juntos sea especial para vos.- el acompañante yacía inmóvil, no pronunciaba alegría o queja alguna- Después de todo, es pasar solo un buen momento juntos. Conversando. Por que, claro, creo yo, que incluso con tu cuerpo ahí dentro, podes hablar conmigo, sencillamente.
El auto se detuvo en un semáforo de luz roja agresora. David platicaba sin cesar con Lisandro, aprovechando todos los segundos, y este, que no le respondía, no le discutía, no le contradecía, escuchaba apaciblemente. David era libre de hablar hasta de aquello que le daba vergüenza recordar. Era libre de hablar.
Cuando le ilumino la luz verde, continuo su camino manejando y conversando sobre los elefantes de África; y una propaganda de dentífrico en la que le pareció ver tales animales; de una joven de una película que hacía la publicidad; y de una raza de dinosaurios que hallaron en el mar de ese film.
Tanto era lo que David hablaba que se trababa y se pisaba a si mismo con lo que decía. Incluso a veces, se contradecía. Y entonces, metido en una discusión con Lisandro, olvido las oscuras calles del centro, las engañosas y terribles calles del centro, que los sorprendió distraídos con un auto sin luces, y fueron envestidos.
A pesar de haber sido elegidos como protagonistas de aquel violento accidente que cortó, sin duda alguna, la conversación repentinamente, David se movía. Aturdido por el dolor y debilitado por el ruido del destrozo, yacía tendido en el volante, riendo. Muy herido, observo que a su derecha estaba abierto el ataúd de Lisandro, que había roto el vidrio delantero. Lo miro bien.
-Ves Lisandro, tenía el presentimiento de que iba a ser especial esta noche...- y muere riendo.
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